De cómo Don Arturo se forjó en su hogar y en la Fe

En un lugar de Menorca, una de la islas Baleares bañadas por el antiguo Mediterráneo, vio por primera vez la luz Antonio Xalambrí Píriz.  De niño dejaron profunda huella en su sensibilidad, las procesiones del Viernes Santo, con el desfile de la Congregación de Centuriones, en que el silencioso Paso del Santo Entierro era quebrado por el desgarrador canto del “Geu”.

 

También en su isla natal el joven Antonio aprendió el oficio de zapatero, profesión que había alcanzado un alto nivel en Menorca. Ya con un medio para ganarse la vida y con la aspiración de obtener un mejor porvenir, unido al espíritu de aventura que nunca ha abandonado a los españoles, Antonio partió rumbo a América.

 

Montevideo fue el punto de destino de Xalambrí. En la capital uruguaya, encontró en aquel siglo XIX el medio ideal para que con una fuerte disciplina de trabajo e imaginación, conquistará pronto una desahogada posición económica. Unos años más tarde ya era el propietario de la mejor y más elegante zapatería del país.  Todos conocían la “Xalambrí”, ubicada en la calle 25 de Mayo entre Zabala y Solís. Llegó a ser la zapatería presidencial. Allí fueron clientes el dictador Lorenzo Latorre, que gustaba de los botines de charol con elástico, tacos a la francesa y que calzaba 43. El Capitán General Máximo Santos, el más fastuoso de nuestros primeros mandatarios, tenía iguales gusto que su antecesor, sólo que calzaba un número menos. Sin embargo para Xalambrí el cliente más exigente fue Juan Idiarte Borda, el único presidente asesinado durante su mandato. Pero el más detallista era Juan Lindolfo Cuestas quien siempre usaba botines de charol a la madrileña, con taco a la francesa y número 39, exigía “calzado liviano como una pluma, rezongando terriblemente cada vez que notaba la más pequeña de las incomodidades”. De José Batlle y Ordóñez nos ha quedado una jugosa crónica: “El actual presidente también tiene a Xalambrí por proveedor. No es muy exigente en cuanto a clases y forma de calzado. Quiere únicamente botines cómodos y desprecia por consiguiente los tacos a la francesa. Lleva botín a la inglesa, unas veces de cuero de búfalo y otras de charol, pero en uno y otro caso siempre con botones. Su elevada talla haría suponer a cualquiera que posee un pie monumental…. Y efectivamente es así: calza 45”. No llegó a calzar a Julio Herrera y Obes, ya que este presidente dandy importaba su vestuario directamente de Londres y sus botines eran hechos a medida por los mismos zapateros de la Familia Real.

 

Asimismo, en Montevideo fundó Antonio Xalambrí su hogar con una compatriota. Fue su elegida Juana Salom Sansó, natural de Barcelona. Familia numerosa, once hijos, ocho varones y tres mujeres. Uno de los niños, nacido el 7 de mayo de 1888, fue bautizado con los nombres de Arturo Estanislao. Alumno de los Padres Jesuitas en le Colegio del Sagrado Corazón, Ex – Seminario, obtuvo las más altas calificaciones. Tanto en su hogar como en el colegio nació su devoción hacia la Madre de Dios. Perteneció a la Congregación de la Inmaculada Concepción y de San Estanislao de Kostka, fue devoto del Fundador de la Compañía de Jesús y de Santa Teresa de Jesús. Andando el tiempo, ya en la madurez acrecentó su admiración por San Francisco de Asís y así llegó a vestir el hábito de terciario franciscano como Cervantes.

 

Ya cercano a la ancianidad meditaba Xalambrí sobre su experiencia como congregante: “He aprendido en esta Congregación a retemplar mi alma en el comulgatorio. ¡Frecuentar el Sagrario es caldear santas ambiciones! Y al frecuentarlo ha nacido el apostolado que no se satisface con la sola conquista de la propia alma –egoísmo disfrazado de perfección-, sino que busca, anhela, clama por otras almas que ganar para Dios, y que repite con Lacordaire: ‘no digas: quiero salvarme; dí: quiero que el mundo se salve. Este es el único horizonte del cristianismo, porque es el horizonte de la caridad’. Y esta santa ambición, por manera singular, la concreté, sin desatender otras diferentes, en el Apostolado de la salvación de las almas por el Buen Libro… ¡El corazón en el Sagrario y el cerebro en la Biblioteca!”. De esta manera resumía don Arturo toda su vida.

 

Don Arturo fue un ejemplar funcionario del Banco de la República, se desempeñó, además, en la administración del diario “El Bien Público” y ocupó la gerencia del “Círculo Católico de Obreros”. Contrajo matrimonio con dona Eufemia Laguardia con la cual procreó dos hijas: Wilborada y Cecilia Teresa. Huérfanas de madre en la más tierna edad, don Arturo contrajo segundas nupcias con doña Cira Bildosteguy, quien se convirtió en la segunda madre de sus hijas. La primera de éstas debió su nombre a la Santa Patrona de los Bibliófilos; dedicada a las Letras, realizó una destacada carrera y se estableció en París, donde revalidó sus estudios en La Sorbonne, allí pasó a residir con su marido e hijos. Cecilia Teresa profesó como religiosa bajo el nombre de Teresa de la Pasión. Realizó sus votos en Durango, la villa natal de Bruno Mauricio de Zabala, a quien el rey Don Felipe V ordenara la fundación de Montevideo.

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